3. Nada es lo que parece

There’s a secret, can you keep it…

A esas horas de la mañana ya se notaba el calor húmedo que impregnaba cada esquina de Tilville. Mia arrastraba su maleta por la urbanización rompiendo el silencio que marcaba las mañanas de verano en el pueblo, el sudor se acumulaba en su frente y en su labio superior. Uno de los perros del vecindario, un pastor alemán con pelo brillante y ojos simpáticos se acercó a olerla moviendo la cola con ganas de jugar, pero la chica no tenía tiempo para hacerle carantoñas, quería llegar rápido y ver cuanto antes si Sara se presentaba para comenzar el viaje.

Fue la primera en llegar, faltaban aún quince minutos para las diez así que se sentó en su maleta y espero a que sus amigas fuesen llegando. La siguiente en aparecer frente a la casa de Verónica fue Vivienne, tenía la cara pálida, grandes ojeras y poca pinta de aguantar un día en coche.

– Esta resaca me va a matar.- dijo a modo de saludo al acercarse a Mia.

-No sé cómo estará Verónica, pero tiene que conducir.

-Saldrá por esa puerta perfecta, como siempre.- bufó Vivienne.

No había terminado de decirlo cuando apareció Verónica con aspecto radiante, unos vaqueros ajustados, unas Converse amarillas y un crop-top de encaje blanco. Iba perfectamente peinada y maquillada y bajó con decisión los escalones de su porche en dirección a sus amigas. Miró a Vivienne de arriba a abajo.

-Das pena tía.- le espetó- No sé para qué bebes si no sabes llevarlo con dignidad. ¿Dónde está Sara?

Mia miró hacia el camino por el que se suponía que debía aparecer su amiga, no había ni rastro de ella. Eran ya las diez y media y empezaba a desesperarse, Sara no se caracterizaba por su puntualidad pero aquello era demasiado.

-Como no aparezca en diez minutos nos piramos.- sentenció Verónica observando el móvil.- Le he llamado unas cinco veces y no se digna a contestar.

-Bueno, gracias a que llega tarde se me ha pasado un poco el malestar.- comentó aliviada Vivienne.

El traqueteo de una maleta y el sonido de pasos apresurados se escucharon en el silencio. Sara corría con su corto cabello agitándose y el bolso bamboleándose en su brazo izquierdo. Su maleta azul piscina traqueteaba a sus espaldas haciendo un ruido infernal. Llegó sin aliento delante de sus amigas.

-Lo siento muchísimo, la pesada de mi madre decidió que se había quedado buen día para adoctrinarme por enésima vez sobre “mi fase lésbica”.- se excusó Sara.

-Te he llamado cinco veces, podrías haber contestado.- contestó Verónica airada.

-Cuando tengas a mi madre chillando como una loca que tus preferencias sexuales son una fase que tienes que dejar atrás, me cuentas si estás atenta al móvil.

Verónica estalló en carcajadas y se subió al coche. Mia observó a Sara mientras esta metía su maleta en el maletero del vehículo. Sara levantó la vista y se encontró con los ojos verdes de Mia mirándola con expresión  de tristeza.

-No me mires con esa cara, idiota.- le dijo- Y no me vuelvas a ocultar nada en tu vida, sin mi consejo sólo haces idioteces.

Entraron en el coche más relajadas, Verónica puso música y arrancó.

-Bueno zorras, la carretera nos espera.- gritó Verónica entre las primeras notas de una horterada country de las que le gustaban a ella.

Vivianne y Verónica iban delante, y Mia y Sara iban en el asiento trasero. El coche era bastante espacioso y podían estirar las piernas, sobre todo Mia, que no era demasiado alta. Sara abrió la ventanilla y asomó la cara disfrutando del aire que se formaba con el movimiento del vehículo.

-¿Has hablado con Nathan últimamente?- le preguntó Verónica a Mia.

-No estamos pasando por nuestro mejor momento.

-Está donde su hermano Ian ¿no?- preguntó Vivienne.

-Sí.

Verónica puso cara de circunstancias, conocía a Nathan mejor que su propia novia y sabía lo que pasaba cuando iba a visitar a su hermano al campus.

-Deberías pasar de él, no te merece.- sentenció Verónica.

Mia sintió una punzada en el estómago, después de lo que había hecho, todas las infidelidades de Nathan le parecían poca cosa en comparación con su traición.

-¿Y cómo sabes lo que merece Nathan, Verónica?- inquirió Sara frunciendo el entrecejo.

-Soy observadora.

-Ya…- dijo Sara escéptica.

-¿Estás insinuando alguna cosa?

-Me parece extraño que digas eso sólo porque Mia haya dicho que no están pasando por su mejor momento. ¿Cómo sabes de quien es la culpa?

-Oh bueno, ya sabes cómo son los tíos.- interrumpió Vivienne.

-Las tías tampoco somos mucho mejores.- dijo Sara mirando a Mia de reojo.

Mia la miró con reproche.

-Soy lesbiana ¿recuerdas? He tenido varias relaciones de mierda con chicas.- le susurró Sara.

-¿Qué murmuráis?- preguntó Verónica.

-Nada, que ni las lesbianas nos libramos de relaciones de mierda.

-Esa Laura te la jugó bien. – dijo Verónica entre carcajadas.

-Qué risa ¿eh?- le reprochó Sara.

-Bueno perdona, pero que esa idiota te la colase a ti me parece insólito.

Hacía seis meses Sara había comenzado una relación con Laura. Iba un curso por debajo y era preciosa, su piel negra brillaba al sol y su cabello rizado ondeaba al viento a su paso. Fue una época de felicidad plena, fiestas desenfrenadas, allanamientos de morada y caricias al sol. Pero Laura tenía doble cara, tras varias traiciones Sara comprendió que no podía cambiarla y se resignó a su forma de ser. Eso no impidió que las discusiones fuesen creciendo hasta que la situación se volvió insostenible y Laura pasó de ella.

Sara era muy sensible a las infidelidades desde entonces, y el hecho de que su mejor amiga fuese parte de una fue un duro golpe para ella. Había pasado la noche en vela decidiendo si ir o no al viaje, pero al final pesaron más sus momentos buenos con Mia y no quiso que su despedida fuese darle con la puerta en las narices.

Y allí estaban, cuatro chicas en un coche con secretos que podrían destruirlas cantando pop de los 90 a pleno pulmón. El calor empezaba a hacerse insoportable y la carretera se distorsionaba a lo lejos. El paisaje había dejado de ser verde para ir tornándose poco a poco amarillento, el sol abrasador hacía estragos en las vastas campiñas que no estaban protegidas por la frondosidad del bosque.

Habían escogido una carretera poco transitada, se cruzaron con muy pocos coches hasta llegar a su primer destino, una pequeña estación de servicio con la pintura turquesa de las paredes desconchada. El dependiente era tan viejo como el edificio y apenas se escuchaba su débil voz tras el mostrador. En la barra había dos hombres, uno muy gordo con una barba pelirroja muy poblada y brillantes ojos azules, y un fornido camionero que llevaba una gorra roja y una camiseta demasiado pequeña para su cuerpo.

Las cuatro chicas entraron un poco intimidadas, el lugar apestaba a sudor rancio y no tenía mucha pinta de que la comida que les sirvieran allí fuese a encantarles, pero aún así decidieron comer allí, pues no había más estaciones de servicio hasta muchos kilómetros más adelante.

El anciano no estaba solo, de la cocina se encargaba la que parecía su mujer y si olvidabas por un momento el hedor que emanaban los hombres de la barra, desde la cocina se filtraba un delicioso olor que trataba de camuflar lo demás. Después de todo quizá no habían tenido tan mala suerte y podían disfrutar de algo apetitoso. El menú del día llegó a su mesa humeante y los estómagos de las chicas rugieron al unísono.

-¿Qué vas a hacer con lo de Nathan?- preguntó repentinamente Verónica.

Mia la miró pensativa. Había imaginado cientos de escenarios en los que rompía con él de forma heroica y digna, pero cuando estaban cara a cara era incapaz de cortar la relación. Se dejaba llevar por su amabilidad y caballerosidad y terminaba haciendo todo lo que él quería.

-Llevo mucho tiempo queriendo dejarle, sé perfectamente que me pone los cuernos constantemente. Pero cuando le tengo delante no soy capaz. – contestó con sinceridad.

-Pues déjalo por Whatsapp. – sugirió Verónica recibiendo una mirada de desprecio por parte de Sara. – Mira guapa, no todas somos tan dignas y valientes como tú. A algunas nos cuesta enfrentarnos a según qué…

-No voy a hacer eso. – la cortó Mia – El día que lo deje con él será cara a cara. Ya hice bastante el idiota con otros temas.

-Pues no lo merece, se merece que le dejes de la peor manera posible y cuanto antes mejor. – dijo Verónica.

Sara la miró con suspicacia. ¿Estaba su amiga demasiado interesada en que Mia dejase a Nathan? Una idea comenzó a brotar en su cerebro, quizá Mia no era la única que tenía cosas que ocultar.

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